El hombre que cambió Roma para siempre
Hay personajes en la historia tan enormes que su nombre se convierte en sustantivo. Julio César es uno de ellos. General, político, poeta, dictador y, al final, mártir de un poder que él mismo había levantado. ¿Quién fue realmente este hombre? ¿Y por qué nos sigue fascinando, más de dos mil años después de su muerte?
El ascenso de un ambicioso
Gayo Julio César nació en el año 100 a. C. en el seno de una familia patricia: noble por el nombre, pobre de influencia. Roma era entonces una república desgarrada por intrigas, guerras civiles y el enfrentamiento entre el Senado y los tribunos de la plebe. En ese mundo, César tuvo que ganarse un sitio a pulso.
No era heredero de un gran poder. Era su arquitecto.
De joven cayó en manos de unos piratas que lo retuvieron para pedir rescate. La anécdota es legendaria: se cuenta que César, cautivo, les prometió volver después de ser liberado para crucificarlos. Los piratas se rieron. César no. Regresó. Y cumplió su palabra.
La escena lo resume todo sobre él: voluntad inquebrantable, una confianza absoluta en sí mismo y una coherencia despiadada que sobrecogía tanto a amigos como a enemigos.
El genio del general
César fue quizá el mayor general que produjo la Antigüedad. No porque siempre fuera superior (a menudo no lo era), sino porque pensaba más rápido, actuaba más rápido y sabía encender la moral de sus hombres como nadie.
Sus Commentarii de bello Gallico, las crónicas de la Guerra de las Galias, no son solo partes militares. Son obras maestras de la propaganda: claros, sobrios, redactados en tercera persona, como si el propio César no fuera más que un observador de la historia. En realidad, era su director de escena.
Entre los años 58 y 50 a. C. conquistó la Galia: la actual Francia, parte de Bélgica y de Suiza. Cruzó dos veces el Rin y pasó dos veces a Britania. Se calcula que un millón de galos murieron en aquellas campañas, y otros tantos fueron vendidos como esclavos. Son cifras estremecedoras, y nos obligan a mirar al general glorificado también a través del prisma de sus víctimas.
Para sus legionarios, sin embargo, César era un dios. Se sabía sus nombres. Dormía en sus campamentos. Compartía sus penalidades. Y cuando la situación parecía desesperada (como en la batalla decisiva contra Vercingétorix en Alesia), era la intervención personal de César la que hacía girar el rumbo. Rodeado por dos ejércitos enemigos, aguantó. Y venció.
El Rubicón: un río y una decisión
En el año 49 a. C., César se encontró ante una encrucijada. El Senado le exigía entregar su mando y regresar a Roma sin su ejército. Eso significaba el final, político y quizá también físico.
Cruzó el Rubicón.
Aquel pequeño río del norte de Italia marcaba el límite entre la provincia romana y el corazón de la república. Ningún general podía franquearlo armado: era traición. Alta traición. César lo sabía. Sus palabras, tal como se han transmitido: «La suerte está echada.»
Lo que siguió fue una guerra civil que sacudió los cimientos de la república. Pompeyo huyó a Grecia y después a Egipto, donde fue asesinado. César marchó detrás y allí conoció a una mujer que volvería a cambiarle la vida: Cleopatra.
César y Cleopatra: poder y pasión
Se cuenta que la reina egipcia se hizo introducir a presencia de César envuelta en una alfombra. Sea cierta o no la escena, acierta en el fondo de aquella relación: inteligencia, audacia y cálculo político, por ambas partes.
Cleopatra no era una belleza de las que imagina Hollywood: las fuentes antiguas subrayan su agudeza, su dominio de las lenguas (se dice que hablaba siete) y su presencia. César, una de las mentes más cortantes de su tiempo, quedó atrapado. Formaron pareja, y su hijo Cesarión sería el último faraón de Egipto.
Dictador vitalicio y el final
César volvió a Roma como triunfador. Reformó el calendario: el calendario juliano es obra suya y base del gregoriano que hoy utilizamos. Perdonó a sus enemigos, fundó ciudades, modernizó la administración, reformó el sistema monetario.
Y entonces se hizo nombrar dictator perpetuo: dictador vitalicio.
Para la república era la ruptura definitiva. En el Senado cuajó una conspiración. Hombres como Marco Junio Bruto, a quien César había tratado como a un hijo, se sumaron. El 15 de marzo del 44 a. C., los idus de marzo, César cayó en la sala del Senado bajo 23 puñaladas.
Sus últimas palabras, dirigidas a Bruto, habrían sido: «¿Tú también, hijo mío?», Et tu, Brute? Seguramente una invención posterior. Pero, como tantas cosas en César: la leyenda es más fuerte que la verdad.
Lo que queda: el legado de un titán
Julio César quiso salvar la república superándola. Fracasó como político, pero triunfó como leyenda. Su nombre se convirtió en título: Kaiser, zar, káiser, todas estas palabras derivan de César.
Su hijo adoptivo Octavio, más tarde Augusto, culminó lo que César había comenzado: la transformación de Roma de república en imperio. Sin César no hay Augusto. Sin Augusto no hay Imperio romano tal y como lo conocemos.
César vivió en un mundo hecho de sangre y gloria, de traición y lealtad, de ambición desnuda y de un sincero afán reformista. No fue un santo: fue un hombre que tuvo la historia en las manos y la moldeó. Sin piedad. Con brillantez. Inolvidable.
Y precisamente por eso sigue fascinándonos.
Preguntas frecuentes sobre Julio César
¿Qué hizo a Julio César tan decisivo para la historia de Roma?
Julio César fue el primer romano que combinó el poder militar y el genio político de tal forma que arrasó con todo el sistema republicano. Su conquista de la Galia, el paso del Rubicón y su dictadura pusieron los cimientos del Imperio romano: sin César no hay Augusto, sin Augusto no hay Pax Romana.
¿Cómo murió Julio César y por qué?
César fue asesinado el 15 de marzo del 44 a. C., los idus de marzo, en el teatro de Pompeyo, por un grupo de senadores encabezados por Bruto y Casio. Querían salvar la república. En realidad desencadenaron una guerra civil que acabó definitivamente con ella.
¿Cuál es el legado duradero de César?
El legado de César va mucho más allá de Roma. El calendario juliano fue la base de nuestro actual calendario gregoriano. Su nombre se convirtió en título: de César proceden las palabras Kaiser (alemán), zar (ruso) y qaysar (árabe). En los libros de Marc, los hombres combaten en un mundo que César creó.
¿Realmente tuvo César una relación con Cleopatra?
Sí, está documentado. César y Cleopatra VII se conocieron en Alejandría en el año 48 a. C. Su vínculo, político y amoroso, duró varios años; su hijo común, Cesarión, nació en el 47 a. C. Tras el asesinato de César, Cleopatra se acercó a Marco Antonio.
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