28. julio 2026
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Espurio Casio y la primera ley agraria de Roma (486 a. C.)

En el año 485 a. C., según contaban los romanos siglos más tarde, dos cuestores condujeron a un hombre hasta el Capitolio. Había sido tres veces cónsul de…

En el año 485 a. C., según contaban los romanos siglos más tarde, dos cuestores condujeron a un hombre hasta el Capitolio. Había sido tres veces cónsul de la República romana, había ganado guerras y había cerrado un tratado de alianza llamado a marcar a Roma durante generaciones. Poco antes había propuesto repartir tierra pública entre los ciudadanos más pobres.

Se llamaba Espurio Casio Vecelino, y su propuesta se considera la primera ley agraria romana. Nunca llegó a ejecutarse. La historia de su caída, en cambio, Roma seguía contándola cuatrocientos años después, siempre que alguien volvía a querer repartir tierras.

Una advertencia previa que esta época exige

Antes de empezar, una limitación que conviene tener presente en cualquier texto sobre los primeros tiempos de Roma. Para los años en torno al 500 a. C. no existe historiografía contemporánea. Nuestras fuentes principales, Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso, escribieron bajo Augusto, es decir, unos cuatrocientos cincuenta años después de los hechos.

Se apoyaron en una tradición que reformuló buena parte de la época arcaica a la luz de su propio presente. Cuando escribieron, Roma acababa de dejar atrás las sangrientas luchas por la reforma agraria de la República tardía. Algunas de las cosas que se cuentan sobre Casio suenan sospechosamente a haber sido narradas con el conocimiento de esos conflictos posteriores.

En la investigación se considera posible que exista un núcleo histórico. Todo lo demás en este artículo debe leerse, por tanto, como lo que es: la tradición romana sobre Casio, no una secuencia de hechos asegurada.

¿Quién fue Espurio Casio?

En las listas consulares Casio aparece tres veces, para los años 502, 493 y 486 a. C. En una república que apenas superaba en edad a una vida humana, eso lo convertía en una de las figuras más destacadas que cabía imaginar. Roma no era entonces un imperio, sino una ciudad estado que pugnaba por controlar su entorno más inmediato.

Para su primer consulado, las listas triunfales y Dionisio registran una victoria sobre los sabinos. Tito Livio presenta la campaña de otro modo y no atribuye el éxito a Casio de la misma manera. Divergencias así son típicas de esta época y una buena señal de lo inseguro que resulta el terreno.

Bastante mejor atestiguada está su segunda gran obra. En el 493 a. C. Roma cerró con las ciudades latinas una alianza que la tradición transmite con su nombre, el Foedus Cassianum. Regulaba el auxilio mutuo y el reparto del botín de guerra entre Roma y la Liga Latina. Un tratado entre socios, no un instrumento de dominación. Que Roma se convirtiera más tarde en la potencia hegemónica del Lacio fue consecuencia de la correlación de fuerzas, no la finalidad del texto del tratado.

Llama la atención cuánto tiempo siguió presente ese tratado. Cicerón cuenta que el texto estaba grabado en una columna de bronce, y la menciona de tal modo que cabe suponer que en su época aún podía verse. Roma destruyó al hombre y conservó su tratado.

La ley agraria del 486 a. C.

En su tercer consulado, Casio presentó la propuesta que acabaría siendo su perdición. Para entenderla hace falta un concepto que iba a determinar la política interior romana durante siglos: el ager publicus, la tierra pública.

Cuando Roma vencía a un vecino, le confiscaba una parte de su suelo. Esa tierra pertenecía al pueblo romano. La aprovechaban quienes disponían de ganado, mano de obra e influencia para explotarla. La tradición acusa sobre todo a los possessores acomodados, y en el relato posterior en especial a los patricios. Para el siglo V, sin embargo, no conviene imaginarse esto como una gran propiedad al estilo de la República tardía. Esas imágenes proceden de la época de los narradores, no de la época de Casio.

Al mismo tiempo, la situación de muchos pequeños campesinos era precaria. Quien estaba en campaña no podía trabajar su finca. Quien se endeudaba podía caer en la servidumbre por deudas que los romanos llamaban nexum. Se trataba de un negocio jurídico formal por el que un deudor se obligaba a sí mismo como garantía de una deuda o para saldarla con su trabajo, y no de la consecuencia automática de cualquier insolvencia. Las reglas exactas se discuten en la investigación. Lo que no se discute es que la cuestión de las deudas fue uno de los conflictos principales de aquellas décadas.

Qué propuso Casio exactamente no lo sabemos, porque no se ha conservado ningún texto legal. Además, las dos fuentes principales lo cuentan de forma distinta. El núcleo en ambas versiones: una parte de la tierra pública debía repartirse, y no solo entre ciudadanos romanos, sino también entre los latinos aliados y los hérnicos, sometidos poco antes.

Tito Livio refiere que una parte de los plebeyos empezó entonces a rechazar la dádiva, precisamente porque iba a ampliarse de los ciudadanos a los aliados. Casio perdió así por los dos lados: entre aquellos cuyo aprovechamiento de la tierra ponía en cuestión y entre una parte de aquellos a quienes quería ayudar. Su colega en el cargo, Próculo Verginio, se puso en su contra.

La acusación de aspirar a la realeza

Lo que se le reprochó a Casio al año siguiente suele resumirse con la expresión latina adfectatio regni, la aspiración a la realeza. Ese término, sin embargo, es una denominación de conjunto posterior y no un tipo formal de acusación. Para el proceso público, Tito Livio menciona expresamente la perduellio, es decir, la alta traición. Cicerón habla casi siempre de que alguien aspiró a la dignidad regia.

Por qué ese reproche pesaba tanto en Roma lo explica el calendario. La expulsión del último rey, Tarquinio el Soberbio, quedaba, según el cómputo romano, unos veinticinco años atrás. La República no disponía todavía de una codificación pública de las leyes, que solo llegó con las Doce Tablas algo más de treinta años después. Lo que sí tenía era un consenso fundacional: nunca más el poder de uno solo. Dos cónsules en lugar de un rey, renovados cada año, para que el poder no pudiera asentarse.

De ahí salió un argumento político eficaz. Quien reunía partidarios más allá de las fronteras entre los estamentos, quien daba al pueblo algo que lo volvía agradecido, caía con facilidad bajo esa sospecha. Pero de ello no conviene hacer un automatismo. Dionisio describe un proceso en toda regla, con testigos y medios de prueba, desde pagos de dinero hasta reuniones clandestinas. Si esas pruebas fueron construidas políticamente ya no puede aclararse hoy. Lo único seguro es que las fuentes no describen un procedimiento sin práctica de prueba.

Y hubo en Roma muchos políticos populares y muchos benefactores que nunca llegaron a oír esa acusación. Era un arma disponible, no un destino que alcanzara a todo reformador.

Dos tradiciones, una muerte

Sobre cómo murió Casio ya la Antigüedad no se ponía de acuerdo, y las dos versiones dicen mucho de la imagen que Roma daba de sí misma.

Según una de ellas, lo ejecutó su propio padre. Un cabeza de familia romano poseía la patria potestas, un poder sobre sus hijos que, según la tradición, llegaba hasta el derecho de darles muerte, aunque su aplicación práctica se discute en la investigación. En esta versión, el padre condena al hijo en el tribunal doméstico, lo manda matar y consagra su peculium, el patrimonio separado que le había cedido, a la diosa Ceres.

Según la otra, los cuestores Cesón Fabio y Lucio Valerio lo acusaron ante el pueblo por perduellio. Fue condenado y su casa quedó derribada por decisión del Estado. Tito Livio prefiere expresamente esta segunda versión, con las palabras de que se acerca más a la verosimilitud. La forma de ejecución no la menciona.

La famosa caída desde la roca Tarpeya procede de otra fuente: la añade Dionisio. Aquel risco del Capitolio desde el que Roma arrojaba a los traidores se sitúa hoy casi siempre en el lado sudeste de la colina, sobre el Foro, aunque su ubicación exacta sigue siendo discutida hasta el día de hoy.

A la extinción de su memoria pertenece un detalle que a menudo se cuenta mal. Plinio el Viejo informa de una estatua que Casio se había erigido a sí mismo junto al templo de Tellus. No se fundió tras su muerte, sino solo en el 158 a. C., cuando los censores mandaron retirar las estatuas que no contaban con autorización oficial. Su recuerdo desapareció, por tanto, lentamente y no por un acto de venganza.

Qué fue de la idea

Casio no fue un caso aislado, y lo fue en los dos sentidos. La tradición conoce a otros hombres que acabaron de forma parecida, y otros tantos repartos de tierras que sencillamente se llevaron a cabo.

Entre los casos célebres figura Espurio Melio, de quien se dice que en el 439 a. C., durante una hambruna, repartió grano a su costa y que por ello fue acusado de aspirar a la realeza y muerto a golpes. Y Marco Manlio Capitolino, condenado en el 384 a. C. después de haber liberado de sus deudas a ciudadanos arruinados, precisamente el hombre a quien la tradición atribuye la salvación del Capitolio frente a los galos. Ambos relatos llevan huellas claras de una elaboración posterior.

Cicerón y otros autores enumeraron después esos tres nombres como si recitaran una fórmula fija: Casio, Melio, Manlio. Ese es el hallazgo verdaderamente interesante. No que Roma matara a todo reformador, sino que Roma se creó una figura de la memoria a la que podía recurrir cuando le convenía.

Porque, en paralelo, Roma repartió tierras durante siglos, fundó colonias y asignó parcelas. Se dice que las disposiciones Licinias Sextias del 367 a. C. fijaron un límite máximo de 500 iugera para el aprovechamiento de tierra pública, si bien tanto la datación como la aplicación de esa norma se discuten en la investigación. El problema, por tanto, nunca fue que Roma careciera de un procedimiento para repartir tierras. Tenía varios. El problema era la viabilidad política frente a derechos de aprovechamiento ya establecidos.

Cuando Tiberio Sempronio Graco impuso en el 133 a. C., como tribuno de la plebe, un nuevo reparto de la tierra pública itálica, aquello no fue una repetición del 486, sino una reacción ante circunstancias distintas. Su ley fue aprobada y la comisión designada llegó efectivamente a iniciar su trabajo. Lo mataron en un tumulto en el Capitolio, y contra él volvió a alzarse el reproche de que aspiraba a la dignidad regia. Su hermano Cayo, él mismo miembro de la comisión agraria, persiguió más tarde un programa mucho más amplio y murió en el 121 en otras circunstancias: en la huida, según Plutarco a manos de su propio esclavo.

Por qué la historia explica algo pese a todo

Quien coloca los casos uno junto a otro con frialdad no encuentra ninguna ley natural según la cual todo reformador agrario tuviera que morir. Lo que encuentra es otra cosa, y para comprender Roma acaso más importante.

El reparto de tierras afectaba siempre a derechos de aprovechamiento ya existentes de familias influyentes. Sobre las leyes decidían, ciertamente, las asambleas populares y no el Senado, pero aplicar una ley contra la resistencia de las casas dirigentes era una cuestión distinta de votarla. Y con la sospecha de aspirar a la realeza había disponible un argumento capaz de convertir cualquier debate sobre la propiedad en una cuestión de lealtad al orden constitucional.

La verdadera continuidad no está, por tanto, en una cadena de asesinatos, sino en un relato. Roma se transmitió a sí misma durante siglos la figura del reformador que fue demasiado lejos, y cada generación volvió a servirse de ella. Cuando Tito Livio y Dionisio escribieron sobre Casio, los Gracos llevaban muertos algo más de cien años y la República se había quebrado en sus propios conflictos. Su presentación del año 486 es también, por eso, un comentario sobre lo que ellos mismos habían vivido.

Casio en la novela

Precisamente esa incertidumbre es lo que hace interesante la época para un novelista. Allí donde las fuentes se contradicen hay que decidirse, y esa decisión es ya relato.

En el segundo volumen de mi serie dedicada a Dentatus, el guerrero plebeyo Lucius Siccius Dentatus, Casio es la figura con la que mi protagonista aprende política. La novela recorre los años que van del 493 al 486 a. C., es decir, el tramo que separa el tratado con los latinos de la ley agraria. Para la muerte me he decidido por la versión del proceso ante el pueblo, esto es, por aquella que el propio Tito Livio tuvo por más creíble. No solo por fidelidad a las fuentes, sino porque le hace a mi protagonista algo que la variante del padre no podría hacerle: lo obliga a mirar cómo el pueblo por el que lucha condena al hombre que quería darle tierra.

Si quiere saber cómo se siente esta época desde abajo, con los ojos del hijo de un campesino que le gana a Roma sus batallas y aun así teme por su parcela de labranza: encontrará todas mis novelas en el listado de mis libros.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue Espurio Casio?

Espurio Casio Vecelino aparece en las listas consulares romanas para los años 502, 493 y 486 a. C. Se le atribuye el tratado de alianza con la Liga Latina, el Foedus Cassianum, así como en el 486 la primera propuesta transmitida de reparto de tierra pública. Al año siguiente fue ejecutado, según la tradición.

¿Qué preveía la primera ley agraria romana?

No se ha conservado ningún texto legal, y los autores antiguos describen la propuesta de forma distinta. Coinciden en que se trataba del reparto de tierra pública, y en que, además de a los ciudadanos romanos, debía beneficiar también a los latinos aliados y a los hérnicos. Precisamente ese punto chocó, según Tito Livio, con la resistencia de la plebe.

¿Qué significa adfectatio regni?

La expresión designa la aspiración a la realeza, pero es una denominación de conjunto posterior y no un tipo formal de acusación del derecho romano. Para el proceso contra Casio, Tito Livio menciona expresamente una acusación por perduellio, es decir, por alta traición.

¿Fue Espurio Casio despeñado desde la roca Tarpeya?

Así lo refiere Dionisio de Halicarnaso. Tito Livio prefiere, es cierto, esa misma versión del proceso, pero no menciona la forma de ejecución. Una tradición divergente hace que sea en cambio su propio padre quien lo mande matar en el tribunal doméstico. Cuál de las dos versiones es la correcta no puede decidirse.

¿Qué tiene que ver Espurio Casio con los Gracos?

Directamente, nada. Autores antiguos como Cicerón lo situaron, sin embargo, junto a Espurio Melio y Marco Manlio al comienzo de una serie de hombres a los que se reprochó aspirar a la realeza. Esa serie es una figura de la memoria romana y no una prueba de una tradición reformista continuada.

Marc Beuster
Marc Beuster

Marc Beuster, nacido en 1981 en el norte de Alemania, escribe novelas históricas de aventura sobre el mundo de los romanos. Su Saga del Águila lleva al lector al universo de los legionarios romanos: trepidante, auténtica, atmosférica.

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